La dinastía de la luna – Manuel Ramos Otero

 

Bañados por la nata del tiempo
tachados por la luz de su alambique
las almas lunarosas de los arrecifes
sueñan del mar de la fertilidad en el que nacen
saben del corazón, del hueco lento que busca la memoria
sabe quel cuerpo, mansión deshabitada, pueblo muerto
hiato avergonzado de su historia, jamás comprenderá
qué leche lo alimenta a sangre fría.

La madre lo amamanta, lo seduce, lo ahoga con humo
de caricias, lo lanza peligrando al precipicio
para que agarre el margen, eternamente el margen de la vida.
El niño es un lunar es un destino, la quinta luna,
el tajo de un amor cicatrizando al viento, el ojo y el reflejo
del miedo más remoto, el cuerpo de otro cuerpo.
Al final, carne y luz son la misma materia del poeta
carne y sombra, también hacen temblar el placer invisible
de árboles sanguíneos echando sus raíces en la arena
como faros marinos para ángeles del Mar de los Sargazos.
Cerca del mar están las islas del Trópico de Cáncer.
Para ellas un sordo nebuloso compuso una sonata,
claro de luna, plata de un piano de madrugada líquida,
arrebata de piedra, manantial de espíritu.
Ese collar vertical las cría y las sostiene
ese ombligo invisible huracaniza el caos, las educa,
esa angustia de hilos siderales martiriza la seda
para que vivan luego la otra biografía del gusano.

No era Mongolia, no era Tumbuctú, no era Castilla,
el punto de partida del dolor es otra dinastía,
híbrido amor de tálamos y tumbas calcinados,
puentes de sándalo en guerra con los vientos alisios,
barcos de filigrana ahogándose en la lluvia del olvido,
un código cabal que intenta descifrar los manuscritos
de todos esos libros nunca escritos para que nadie sepa.

La falsa paz de un yugo azul los atormenta
la verde podredumbre de un manglar los falsifica
fabrican retratos amarillos de sus antepasados
y cada noche sueñan la fórmula secreta de mejorar la raza.
Cuando es la luna llena al tiburón arcángel mortifican
y si el cuarto es menguante el negro vaginal lo descompone
cuando la luna es nueva la ballena de hielo los eclipsa
y si el cuarto es creciente el falo del monstruo los penetra.
El cuero carabalí no es cosa de cantos gregorianos
la flauta del hueso de un difunto no es cuento de invasores
al son que se les toca bailan lunáticos, locos, lacerados,
hartándose el banquete de sus lenguas mechadas con silencio.

El palacio de la pobre dinastía de la luna fue de palmas
trenzas de polvo alzaban sus terrazas al fin de la intemperie
estanques de sudor lamían las nalgas sulfurosas de una estatua
la ciudad palaciega moría en una bruma de sereno y salitre.
La visión arqueológica sólo alcanzó la luz de sus vitrales
solamente encontró huellas de esperma pronosticando templos
adivinó la esfera original de los plomizos jueyes cancerosos
y pudo formular lo más campante el fin fabuloso de la estirpe.

                                                                                        

  # XXX :  Manuel Ramos Otero

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