Pongamos que – Gabriela Kizer

 

Pongamos que

este último abril

me dejó un cargamento de tesoros,

piedras preciosas que no sé si arrastro

como bolas de presidiario

o llevo dignamente en una carretilla

que va delante de mis pasos.

Este último abril

me dejó, en principio

siete caries

algunas escondidas

y otras que exhibí a mis alumnos en el aula

como una mujer pobre y mal cuidada

que hablaba de mundos ideales y perfectos.

Y seguramente hubo quien creyó,

quien vio los huecos negros

quien no oyó.

Este último abril

me dejó, en segundo término,

algunos arañazos de frente y de costado,

una naranja comida a gajos

que supe tapar con mangas largas,

palabras de más y botines ajustados

que nunca resultaron suficientes

para pisar la primavera

que me pisaba a mí mientras pasaba.

Este último abril

me dejó, en tercer término,

un olvido

desmerecido y cobarde,

que vino a poner crueldad

donde el miedo estrangulaba los cojones,

que vino a poner locura

donde la falta de cojones estrangulaba el amor

que vino a izar esta asta de una bandera victoriosa

con la que alguna libertad vencida y maloliente y muerta

pedía a gritos mi cuello

y la mandíbula helada que profería no mil veces

y mil veces nadie oía,

mil veces no.

Este último abril

me dejó, en algún otro término,

un alma con siete huecos en sus partes delanteras y traseras

visibles y escondidas.

El dentista dice

que acudiendo a la cita tres veces por semana

y con un poco de suerte

puedo volver a sonreír

como si nada hubiese pasado.

El dentista dice que mi boca sufrió

como de una balacera incomprensible

y yo me callo,

acepto que taladre sin anestesia

porque parece que su única guía

es la escasa sensibilidad que aún queda.

Luego me llama mujer cuatriboleada,

me da un café muy negro

y me manda a casa,

doy gracias al cielo

y al dentista

y reflexiono:

a fin de cuentas

no sabía que la odontología era una ciencia tan sabia,

no sabía que para curar un hueco enfermo

era menester abrirlo hasta lo último,

hasta lo último del hueco y del dolor

y que no se podía gritar sino con la garganta

y ahogar el grito de modo que se devuelva

a los intestinos para que no cunda el pánico

en la sala de espera

aunque yo sea la última paciente de una tarde

y de un dentista que me cura,

que me puebla la boca de amalgamas,

de porcelanas cuidadosamente escogidas

como si me estuviese devolviendo los dientes

y ambos sabemos que no

pero sacamos las cuentas ya van cuatro

y así se perfora el alma reponiéndose

y va saliendo el pus

de todas las heridas infectadas

las de afuera

y a las que no se les puede aplicar

alcohol ni agua oxigenada

para que haga burbujas

y uno sople

sobre este último abril para que se vaya tan lejos

que no vuelva

como regresarás tú detrás de tu vendimia

en la que seguro estarás ahora descubriendo

los vinos que no me diste a probar

y el amor que guardaste para más adelante.

Y más adelante es ahora,

más adelante es este taladro

que va hundiendo cada letra de tu nombre

como si se tratara de siete entierros.

¡Qué maravilla!

Siete entierros de los cuales

mi boca saldrá plateada y blanca y amarilla

como la más hermosa luna llena

que pueda aparecer.

Y tú regresarás entonces

dolido quizá

quién sabe

si sediento del bloody mary inimitable,

de las ensaladitas digestivas

o del cuerpo

de la carnada

porque la carne ¿recuerdas?

hacía daño a la hora de cenar.

¿Y qué diré entonces, hombre?,

¿diré que el pedacito de carne se zafó del anzuelo

y se arrojó al pez que acaba de tragárselo?

¡Ahh!

¿Quién puede brindar conmigo ahora?

Tú no.

Tú regresarás como extraviado

de alguna noche de sensaciones salobres,

regresarás como el primer Adán sin su costilla.

Y ya tu costilla no tendrá beso para darle a nadie,

ya Eva habrá ido varias veces al dentista

y le habrá perdido algún miedo a los infiernos

y doblará estas hojitas

para tenerlas por si acaso en la cartera

hasta que alguna matica endeble

o algún cactus o diente de leche o lo que sea

pueda asomar otra tarde

en algún soplo de milagro

que venga azaroso y porque sí,

porque después de tanta pena

alguien merecerá que le quiten las lagañas

sin un solo gesto de asco.

Se acabó.

El punto final es Eva saldando su cuenta con el dentista.

 

LIV:  Gabriela Kizer

gab

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